La lucha de mi amigo diabético con el Covid. Historia verdadera

Mi amigo sí está mal. Me cuenta, vía telefónica, que ha perdido el olfato y el gusto. "La comida no me sabe a nada". Y ya, dice, como dando a entender que es lo único que el bicho le ha producido. Pero le oigo toser a cada rato. Va en el día ocho desde que aparecieron los síntomas. Pero no se guardó en casa, sino hasta el día cuatro. O sea, durante cuatro días estuvo contagiando por todo donde anduvo: se subió a taxis colectivos, viajó en combis pasajeras, anduvo en mercados públicos. ¿A cuántos habrá infectado? Por eso, lo indicado es mejor quedarse en casa, pues no sabes si el que viaja contigo al lado o al que te topas en la calle es un portador del virus. 

Mi amigo es vendedor ambulante. A eso se ha dedicado casi toda su vida. Pero ahora, el bicho lo ha metido a la fuerza a la casa, donde, ahora, libra la batalla con el intruso. También su mujer, pese a ya llevar más de tres semanas desde que el virus le produjo afecciones, aún está encerrada, muy cerca de él, y siente dolor de pecho fuerte.

La voz de mi amigo, pese a todo, no se oye marchita. Pero le doy ánimos. Le digo que la enfermedad no es mortal, si uno se atiende a tiempo. "Y tú iniciaste el tratamiento con medicinas pronto", digo. Él desde el día cuatro en que aparecieron las primeras afecciones que provoca el bicho, acudió al médico y se encerró en casa.

A él tampoco le aparecieron todos los síntomas atribuidos al bicho. “Yo solo sentí que el sol lo sentía como muy fuerte”. Y después llegó la tos. Y hasta el momento no tiene dolor de pecho, ni fiebre, ni dificultad respiratoria. 

Sufre de diabetes. Pero no parece tener ese padecimiento. No está flaco ni gordo. Y su piel no refleja el color blanquecino con tonos amarillentos de los diabéticos. 

La ventaja es que está en manos de un buen profesional de la salud. Se atiende con un médico cirujano, que ha librado de la muerte a muchos enfermos de Covid.

Todos los días, desde antes de las cinco de la tarde en la sala de espera del consultorio del galeno, ya hay enfermos de covid haciendo cola, como si fuera un hospital de beneficencia pública, aunque empieza a dar consulta a las siete de la noche. 

“Llegué desde las cinco y fui el cuarto en pasar a consulta”, cuenta mi amigo. 

Acuden enfermos al consultorio del médico desde diversos lugares, hasta de pueblitos muy lejanos.

Si los enfermos llegan a atenderse a tiempo con este galeno, con los fármacos que les da,  le ganan la batalla al bicho.

Su fama del doctor ha corrido de boca en boca, como sucede con las buenas obras. O las buenas películas. O la buena comida.

Al papá de mi amigo, por ejemplo lo libró de las garras del bicho, pese a contar con 88 años. Con fármacos y oxígeno y remedios de hierbas logró estabilizarlo. A casa lo mandó a recuperarse, como a todos sus pacientes.

Al viejito le vino guango el bicho, pero porque se atendió con este doctor.

“Estás en manos de un buen médico”, digo a través del celular. E intuyó que pese a su diabetes de mi amigo, el galeno no dejará que pierda la batalla con el bicho.

Tal vez quiera leer más embestidas a otras personas cometidas por el bicho; en ese caso da clic aquí.

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